
Mural de la capilla de Santa Orosia en la catedral de Jaca.
LA LEYENDA DE ORO QUE REFIERE LA VIDA Y MARTIRIO DE LA GLORIOSA SANTA EUROSIA, VIRGEN Y MÁRTIR.
Según la tradición en España, recopilada a partir de los breviarios de Huesca y Tarragona del siglo XVI.
La esclarecida virgen y mártir Eurosia fue hija del serenísimo rey de Bohemia. Fue en el acto de recibir las aguas bautismales cuando le impusieron este nombre, cuyo significado es el de «buena rosa». Como si por medio de él hubiese querido el cielo dar a entender la belleza física y las excelsas virtudes que adornarían un día a la pequeña princesita.
Era casi una niña aún, cuando el rey de España solicitó la mano de Eurosia, a lo que accedió el rey de Bohemia gustosísimo por la suerte que así mimaba a su hija.
Como convenía a la sangre real que corría por sus venas, la futura reina de España salió con toda pompa de su patria, entre amables aclamaciones, acompañada de su vistosísimo séquito de personalidades y nobles, que tratarían de suavizar la molestia del largo camino que iba a emprender. Pasó por Francia y llegó a Aragón por las montañas de Jaca.
Y he aquí que, cuando más alegre caminaba, confiadísima, la comitiva real, los sarracenos, dueños ya de casi toda España, se iban acercando peligrosamente en misión de devastar los últimos reductos de los cristianos. Ferozmente bárbaros, los moros mataban, robaban y aherrojaban a los fieles de Cristo, muy cerca de donde se encontraba Eurosia.
Como la alarma corriera velozmente, a guisa de presagio de enormes calamidades, pronto llegó a conocimiento de los nobles bohemos peregrinos el peligro que les acechaba. No había tiempo que perder. Confiaron sus vidas y sus honras a las manos de Dios y huyeron a ocultarse a una cueva inaccesible en la cumbre de un monte muy elevado del Pirineo, no lejos de la villa de Yebra de Basa. Imaginaron que el lugar les defendería bien de la morisma, hasta que, pasado el peligro, pudieran decidir si continuaban la marcha hacia la cita del rey de España o si habían de volver sus pasos camino de Bohemia.
Allí estuvieron muchos días y llegó un momento en que el tormento de la sed diezmó cruelmente la entereza de los miembros de la comitiva de la princesa que había venido para ser reina de España y a la que Dios escogió pará El, prendado de sus gracias. Eurosia, compadecida de sus acompañantes, salió fuera de la cueva y a su mandato surgió una fuente de agua cristalina, que ya no ha dejado de manar hasta el día de hoy.
Algún aullido traidor atrajo sobre Eurosia la atención de los moros, los cuales corrieron raudos en su búsqueda, igual que lobos rapaces en pos de inocentes cabritillos. Olfatearon montes y bosques, husmearon valles y vaguadas, registraron cimas y simas y ... por fin, no sin la ayuda del demonio, descubrieron a la hija del rey de Bohemia, acurrucada en la oscuridad de la compasiva cueva de Yebra.
Hubo lucha. Los nobles y aguerridos bohemos se mostraron dignos de la confianza que en ellos depositara su soberano al encomendarles la custodia y defensa de su bella hija. Vendieron caras sus vidas. Pero sucumbieron a los embates de unas fuerzas muchísimo más numerosas y fuertes. Los pocos que quedaron con vida después de la refriega, fueron hechos prisioneros y cargados de cadenas.
Bien informados, los sarracenos sabían que Eurosia era de sangre real y que había venido a casar con el rey de España, a quien ellos habían derrotado estrepitosamente. Aconsejaron a los bohemos que abrazasen la ley de Mahoma y ofrecieron a Eurosia la corona y el tálamo conyugal de su rey. Así todos vivirían una vida llena de honores y de felicidad, abundante en riquezas y delicias. Advirtiéndoles que si no querían renunciar a Cristo, sufrirían inenarrables tormentos y la vileza de una muerte degradante.
Fue todo en vano. Los apuestos bohemos y, a su frente Eurosia, contestaron que la elección no podía ser dudosa y que, por tanto, estaban prestos a sufrir cualquier tormento, cualquier martirio, cualquier muerte, antes que caer en el horrendo pecado de apostasía.
Despechado, el jefe ideó entonces un horrible plan. Haría matar y despedazar a los acompañantes de Eurosia. Ella-pensó-, al verse sola, desamparada, tan lejos de su patria, huérfana de todo sostén y esperanza, accedería fácilmente a sus proposiciones. Así fue hecho.
Y ante los ojos de la que vino para ser reina de España, fueron cayendo uno a uno los nobles bohemos y despedazados sus cuerpos. Se cree por las montañas de Yebra que fueron nueve los compañeros de la santa que sufrieron martirio antes que ella, uno de los cuales era su tío, él obispo Acisclo, y otro, su hermano llamado Cornelio.
Eurosia, llorando ardientes lágrimas, estaba allí en pie, sola. Había llegado la hora de apretar el cerco y rendir la fortaleza. El tirano trocó en amabilidades su fiereza y dijo que sentía él también la aflicción que turturaba el pecho de la virgen.
Y delicadamente, como ducho cortesano, la coge por una mano y la lleva a la cima del monte, hermosa pradera que cuando se despoja del armiño invernal, lo hace para vertir regio manto verde cuajado de flores.
En el idilio del prado, cual enamorado galán, pone a los pies de Eurosia la corona que ceñía sus sienes. Será reina de España si accede a renunciar a la austera religión de Cristo para gustar las dulzuras del Corán. Y con fácil y dulce palabra, le dice de espléndidos palacios de mármoles y aguas juguetonas, de muelles divanes y almohadones de brocado, de ricas sedas y de fragantes ungüentos y esencias olorosas, de músicas soñadoras y de danzas azules ...
Eurosia llora. La horrenda película de la matanza pasa una y otra vez por su retina que le escuece de pena y de llanto.
No. No acepta. (El Espíritu Santo ha avivado la llama de amor divino que titila en su corazón. Y ha revestido su alma con los muros y las almenas de sus dones inefables).
No-chilla Eurosia y la luz de una sonrisa ilumina su rostro. El galán torna a su fiereza y ruge mil improperios y aulla mil amenazas. Pero Eurosia está serena y ya no llora. El prado sembrado de flores sigue siendo verde, quizá más verde y con más flores en este momento. Y ríe la alegría que rebosa su corazón. Y de sus labios está a punto de saltar un ramo de melodías.
Una muerte es poco para tanta insolencia - piensa el tirano -. ¡Es insultante la terquedad de la virgen!
Y manda despedazarla, como a sus compatriotas. Eurosia ya no perderá la alegría. Ofrecerá al verdugo sus brazos, que caerán en seguida cortados a la altura de los hombros. Luego, la espada segará sus piernas por las rodillas. Y el rostro de la mártir será cada vez más encantador. Los cuatro surtidores del cuerpo de Eurosia, abiertos por la espada, sembrarán de rojas rosas el verde sublime de la pradera. Y cantará un ángel: "Ven, esposa predilecta. Esta es la corona que te preparó el Señor. Tu nombre invocado por los fleles se tornará lluvia. Y será escudo contra las tempestades."
Por fin, Eurosia ofrecerá dócilmente al sayón su linda cabeza, que rodará por la hierba para que la besen cien flores.
Abandonado el mutilado cuerpo a la voracidad de aves y fleras, bajaron unos ángeles del cielo y entre cánticos de victoria lo llevaron a enterrar en la misma cueva de Yebra.
Y es bien cierto que Dios ha obrado muchísimos milagros para enaltecer la memoria de santa Eurosia, que vino a España para ser reina y que en Aragón encontró otra corona: la de esposa del Rey de la Gloria.
A El honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
La leyenda está tomada de la revista
Argensola : revista del Instituto de Estudios Oscenses,
N.º 24., año 1955, Santa Eurosia, virgen y mártir,
A. D. Gudiol, páginas 301-304
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